A veces, en noches como ésta, a estas horas cuando tan sólo escucho el pitido fino del silencio, miro hacia adentro, miro hacia mí misma para descubrir lo que hay dentro, descubrirme sensaciones; toco mis paredes, descubro en el tacto irregularidades que provienen de otro cuerpo que me dejó huellas. Una mano en la espalda, hace semanas, que aún sigue fresca sobre mi cemento, una mano que sostenía mi costado, que lo acariciaba con calma, que me traducía lo que no salía de los labios, ni siquiera de los ojos; una mano a la que yo le di un guión, a la que yo le asumí un valor deseado por provenir de su dueño. Una ilusión, al fin y al cabo, que debería consumirse pero que no lo hace, porque no es una estrella fugaz. También descubro la sombra de una boca sobre la que guardo un arsenal de pacifistas que sólo quieren proclamar el amor con palabras. Yo callo, suspiro, cierro los ojos. Dejo de rebuscarme porque también encuentro el dolor. Cierro los ojos...
Todos los trenes me recuerdan al mismo en el que te vi marchar. Tu mirada estaba cansada y perdida, despistada entre los vagones y la multitud. Tu boca impaciente por perder de vista a la mía, tus manos buscaban perderse entre otras ruinas, que no fueran las mías. En ellas ya no había nada que pudieras arreglar. Todos los hombres por la calle me recuerdan a ti, porque me miran como ahora me miras tú. Ya nadie me mira como antes lo hacías. No recuerdo tu olor ni siquiera el tacto de tu piel, tampoco qué era abrazarte al atardecer. No me acuerdo de tu risa ni cuántos lunares escondías, ni cuántos segundos por un beso tuyo perseguí. Ya no te echo de menos, aunque a veces admito que sí. Cuando el viento me sopla en la nuca y no eres tú. Cuando la calma me proclama la guerra y no estás en mi habitación. A veces lloro por ti en la barra de un bar y me acuerdo de lo que era quererte mientras suena una canción. Curiosamente, todas las canciones ...
"Hay en mí más recuerdos que en mil años de vida". - C. Baudelaire Y los hay, más recuerdos. Como aquella vez que parecía que iba a bailar en los charcos, pero sólo pensaba precipitarse hacia el abismo de nubes que el agua reflejaba en el suelo. Le olía a lavanda el cuerpo entero, por haber estado danzando por el campo violáceo haciendo de cada tallo un pincel y de su piel un lienzo. Abrazaba destilando todo el amor de su corazón cada vez más marchito, y se enredaba como la hiedra a un muro que está a punto de derrumbarse. Crecía y crecía cada vez más hacia el cielo, sin mirar nunca a la luz por no cegarse. Tenía el pelo rubio camomila; de jazmín perfumaba sus sueños. Y si la veías sonreír, en el preciso instante en que sus labios comenzaban a curvarse, podías notar cómo su boca giraba como una noria iluminando la noche. Y los hay, más recuerdos. Más que en mil años de vida. Pero olvidé su nombre. Y quién...
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